La sociedad de consumo nos bombardea diariamente con mensajes que nos vienen a decir que seremos más felices teniendo más cosas, lo último. Esto nos hará sentir especiales, y nos distinguirá del resto.
Estos mensajes son muy potentes y sobre todo hacen mella en nuestros jóvenes. Aprender a consumir de una manera responsable nos hace personas más maduras, tener menos gastos superfluos e incurrir en menos deudas.
Saber distinguir entre lo necesario y lo accesorio, nos hará menos vulnerables a los embates de la economía. No nos protegerá de la destrucción de empleo y del paro, pero sí nos ayudará a no sobrecargarnos de créditos al consumo, y vivir de acuerdo con nuestras posibilidades económicas. En definitiva, ser más conservadores.
Comprar por impulso puede llegar a convertirse en un problema serio, no sólo para nuestro bolsillo, si no para nuestro estado anímico. A veces es un modelo que se repite de padres a hijos. Sobre todo en el caso femenino, las compras son a veces la receta para una baja autoestima y una pérdida del control de la situación personal. Producen un sentimiento de gratificación que compensa temporalmente los sentimientos de frustración, pero su duración es muy efímera y nos coloca una base inestable, más encarada a la evitación que al afrontamiento de los problemas.
Naturalmente, esta tipología del consumo tiene grados que van desde el problema más psicológico, con componentes obsesivos compulsivos, a la conducta desadaptativa de vivir por encima de nuestras posibilidades. En ambos casos, seguir este tipo de conducta nos lleva a una baja tolerancia a la frustación; esto es, a una mayor sensibilidad a las respuestas negativas del entorno.
El consumismo por diversión o insatisfacción es sobre todo peligroso en el caso de los jóvenes, con mecanismos de gratificación menos elaborados debido a la falta de experiencia, sucumben con mayor rapidez a las compras innecesarias o por capricho. En muchos casos, cimentando incluso parte de su felicidad en las posesiones materiales.
Los padres a veces fomentan sin darse cuenta este patrón por no querer que sus hijos sufran carencias o se desilusionen, pero están construyendo una base poco firme para la resolución de problemas. La felicidad se ha de cimentar en una actitud interna constructiva hacia uno mismo, la vida y los demás, y todo ello pasa necesariamente por la aceptación de que no se puede tener todo aquí y ahora. Todo necesita un tiempo y un esfuerzo, y a veces nuestras expectativas –por mucho que hayamos trabajado en ello- nunca llegan a cumplirse o se vuelven en contra de nosotros. Todo ello, nos permitirá ser competentes en la resolución de problemas: aquellos conflictos internos y externos que nos vamos encontrando en el devenir diario. En definitiva, nos ayudará a ser más maduros y sacar el valor de las pequeñas cosas, tanto en momentos de abundancia como en épocas de crisis.
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